Un amigo mío, que nunca había podido apreciar su mundo con los ojos, me dice que ser ciego no le impide ver, sino que lo obliga a ver diferente. Él lo ve a través de los otros sentidos. Ponele, pero...

Cantar la Misa Criolla, en equipo con un coro y una orquesta, sin poder verlos, ni leer la partitura, ni ningún machete, es exclusivo para genios.

Este genio se llama Nahuel Penisi, tiene 28 años, no sabe agarrar la guitarra pero la descose tocando y, ni hablar, cantando. Tanto que le cantó el Himno Nacional a la selección, y es uno de los mejores intérpretes de la Misa Criolla, del genial Ariel Ramírez.

Este particular genio visitó el pasado sábado Gualeguay para estremecer nuestra Iglesia San Antonio junto a las voces de los coros Sol del Carmen y de la Universidad San Andrés, del grupo Coral Del Plata y de nuestro Ensamble Juan Sebastián, y la música de la Sinfónica de Entre Ríos, todos dirigidos por Popi Spatocco.

Como para cantarle a San Antonio, a Cristo y todos ellos, músicos y voces se instalaron en el fondo de la nave, y el público colmó la iglesia, hasta el altar, de espaldas, y, los que no pudieron entrar, se ubicaron en el exterior, frente a una pantalla gigante.

En ese marco, el techo abovedado del templo comenzó a llenarse de los finos acordes de la orquesta entrerriana. Al final de cada pieza, los aplausos estallaban entre la multitudinaria platea estremeciendo las columnas del templo.

Y llegaron las voces, y la famosa Misa en la que el pan se hizo carne y el vino se hizo sangre, pero a lo criollo. Fue entonces que Nahuel, los coros y la orquesta elevaron sus plegarias haciendo que la piel de gallina poseyera los cuerpos, y algo cálido insinuara unir las almas. La emoción invadió el ambiente.

Entonces, como si todo no fuera suficiente, Nahuel y los coreutas empezaron a pedirle a Dios, tal como les enseñara León, y todo el público, íntimamente, los acompañó. Entre todos le pidieron a Dios que lo injusto no les sea indiferente, que la reseca muerte no los alcance vacíos y solos, sin haber hecho lo suficiente.

Entonces la gente se puso de pie y aplaudió, mientras algunos dejaron ver sus ojos en lágrimas. Acababan de presenciar un espectáculo de enorme lujo, magníficamente realizado, contundentemente emocionante.

De este modo, el flamante vitraux realizado por Ricardo Mugnai y Agustín Benítez fue testigo de otro majestuoso evento cultural de Gualeguay. Otro de esos que nos distinguen, y, a veces, no sabemos capitalizar.

Norman Robson para Gualeguay21